¿Qué hacer cuando tienes 30min para escribir un cuento que se supone debiste hacer a lo largo de dos semanas para tu taller de Creación Literaria? Observar al chico-gorila adentro de un cubo de cristal al aire libre en el centro de la biblioteca e imaginar que está ahí encerrado para que todos lo vean, como en un zoológico; después es sólo cuestión de aflojar la muñeca y presionar los dedos sobre la pluma (y decirle a la profesora que lo poco que escribiste es sólo la introducción de un cuento estructurado en tres o cuatro capítulos).
Les juro que sí tenía cara de gorila.
El Hombre Del Zoológico
I
Cuenta la gente de un lugar, un sitio en las heladas regiones septentrionales de Europa, de donde se dice tiene sede el mayor, más completo y no-oficial zoológico del mundo, albergando a todas las especies animales –y algunas plantas carnívoras conocidas por el hombre, e ingresan a cientos más todos los días. Incluso se dice, entre voces de quienes abogas a su existencia, que de ahí podrían recuperarse todas las especies actualmente “extintas”. Y cuando digo que las tenían todas incluso siento que hablo con alarmante ligereza, pues hay un factor de mortal importancia para que este zoológico no “pueda” ser real, que no alcance más signos de existencia que un mito o una vieja, muy vieja leyenda, aunque secretamente más popular que muchas cuestiones cotidianas y que de cierta forma vivía en el umbral de la consciencia colectiva, lista para saltar a un grito opacado de sorpresa. ¿Por qué? Porque su atracción principal era, según he escuchado, dos hombres y dos mujeres en su hábitat artificialmente natural bordeado de cristales semirreflectantes. ¿No habéis escuchado bien? ¡Por supuesto que me refiero a seres humanos, homo sapiens sapiens! ¿Os lo imaginas? Seres humanos, personas, presos; privados de una libertad consciente o siquiera del derecho de saber qué eran, dónde estaban y por qué.
Es obvio que la comunidad internacional lo sabía y podía probarlo, pero pretendían ignorarlo y disipar el rumor en medida, porque todo lo que realmente sabemos del hombre y la sociedad, del humano y su anatomía o de la mente y el proceso, el milagro del entendimiento y la razón, TODO procedía siempre, excepto en algunas ocasiones, de investigaciones inspiradas en el estudio de este grupo de seres pensantes. Pensantes, sí; ignorantes, infinitamente más. Así, pues, ningún gobierno de ninguna potencia se atrevería a impedir el progreso a cambio del derecho de cuatro individuos sin nacionalidad, nombre o lengua a saber su lugar en el mundo –o al menos a saber de ese tal mundo– y los países con escrúpulos eran demasiado pobres para rechazar el conocimiento que los poderosos generosamente ofrecían.
Públicamente eran pocos los grupos que demandaban cuentas del asunto con el triste respaldo de una sociedad desinteresada, reminiscencia de la idea Greenpeace, cuya existencia yacía agotada de la persecución política a inicios del siglo. Realmente a nadie le importaba que cuatro personas fueran estudiadas de cualquier manera si les aseguraba una larga vida libre de molestias y siempre que pudieran respaldarse con la ignorancia.
Tenían, entonces, a dos hombres y dos mujeres, junto con su herencia controlada, encerrados por generaciones en una caja de vidrio oscurecido, siendo observados y manipulados al gusto de fantasmas en bata blanca y libretas bajo el brazo. Estaban en algún lugar oculto del mundo y mientras ellos no lo supieran y nadie los encontrara todo seguiría funcionando. Pero eso es sólo lo que yo he escuchado.
RARS!!!
In that place between wakefulness and dreams, I found myself in the room. There were no distinguishing features save for the one wall covered with small index-card files. They were like the ones in libraries that list titles by author or subject in alphabetical order. But these files, which stretched from floor to ceiling and seemingly endlessly in either direction, had very different headings. As I drew near the wall of files, the first to catch my attention was one that read "Girls I Have Liked." I opened it and began flipping through the cards. I quickly shut it, shocked to realize that I recognized the names written on each one.
Sindicación